Este primero de junio cumplimos 3
años de la creación del Ministerio de la Mujer y la Equidad de Género y aún no
tenemos una agenda de género específica para los hombres, para la promoción de masculinidades
sensibles, empáticas, no opresoras de las mujeres, donde se promuevan nuevos ideales
para las identidades masculinas basados en la empatía (sensibilidad y ternura)
y la equidad entre los géneros.
La castración o amputación de la ternura como
uno de los hitos fundantes de la socialización masculina nos prepara para obediente
e inconscientemente ir dejando en el subdesarrollo nuestras competencias
relacionadas al cuidado, lo íntimo y el amor.
La masculinidad hegemónica se va
premiando con insignias cuando se ejercita el silenciamiento y control de sí y
de otros, la autosuficiencia, la competitividad, las conductas de riesgo que
afectan la salud propia y ajena, y se corona con el examen de las violencias:
los hombres somos más victimarios y víctimas de violencias fatales con
resultado de homicidio (88% versus 11% las mujeres); somos quienes lideramos
los suicidios consumados (85% versus 15% las mujeres); y somos líderes tóxicos
en el ejercicio de las violencias contra las mujeres.
¿Será posible un nuevo
paradigma vincular para nosotros? ¿Podremos aprender a acogernos y aceptarnos a
nosotros mismos con respeto, amor y ternura? ¿Y a otr@s? ¿Cómo y qué
necesitamos?
Los Estados han puesto casi todo el énfasis en medidas afirmativas
para equiparar a las mujeres en derechos y libertades en la incorporación a los
espacios públicos, pero un modelo de desarrollo económico que descuida la vida
íntima y el desarrollo íntimo-afectivo de los hombres es un modelo de
desarrollo unilateral destinado a su propia extinción. El Estado podría cumplir
un rol fundamental en transversalizar medidas para estas nuevas masculinidades,
centradas en el cuidado de la vida, en la desidentificación de un modelo
patriarcal, rapiña, explotador, abusivo y carente de solidaridad: como un
derecho humano para todos los varones.