miércoles, 7 de julio de 2010

Intervención PsicoSocioEducativa con hombres generadores de violencia hacia sus parejas y ex parejas, en la atención pública en Santiago de Chile.



Atilio Macchiavello Rodríguez. Psicólogo Clínico de orientación analítica jungiana y formación en Psicodrama. 

En 1998 realicé de manera muy rudimentaria e intuitiva mi primer grupo con hombres que ejercen violencia hacia sus parejas y ex parejas, esto fue en el Programa de Salud Mental Familiar del Hospital Carlos Van Buren, en Valparaíso. Desde esa fecha hasta ahora, he tenido la oportunidad de seguir trabajando con hombres generadores de violencia e ir perfeccionando junto a distintos grupos profesionales las intervenciones individuales y grupales. Trabaje como coordinador y psicólogo clínico del Proyecto de intervención con hombres que ejercen violencias hacia sus parejas y ex parejas: PRONOVIF, en la comuna de Cerro Navia; también como psicólogo clínico del Proyecto para Hombres que renuncian a toda forma de violencia: PRONOMAS, en la comuna de El Bosque. He trabajado en la misma temática durante 6 años en el Centro Comunitario de Salud Mental y Familiar (COSAM) de Estación Central. Gracias a todos estos recorridos laborales y a sus personas es que he nutrido y desarrollado esta praxis.

Considero a este tipo de intervención una psicoterapia especializada que contiene elementos socioeducativos en sus objetivos resocializadores con el hombre, pero también psicoterapéuticos, provenientes de distintas corrientes psicológicas, los que utilizo desde un enfoque multidimensional, específicamente diseñado para este problema. Las perspectivas comprensivas y las formas de nombrar este problema se relacionan estrechamente con las acciones destinadas a buscar sus soluciones. Por lo cual las técnicas adquieren volumen y sentido desde cual va a ser la mirada sobre el ser humano, sus vínculos y la violencia.

Una primera aclaración es que a partir del trabajo elaborado en PRONOVIF, optamos por no llamar a los hombres agresores, sino que hombres generadores o autores de violencia, que ejercen violencias y abusos, u hombres que maltratan a sus parejas. Con la finalidad de rescatar al sujeto en sus otras dimensiones humanas, y diferenciarlo de sus comportamientos violentos. Nombrarlo agresor, también nos lleva a intentar ubicar un único perfil, y la evidencia disponible indica que si bien los hombres que ejercen violencia presentan ciertos aspectos comunes, estos no alcanzan a ser factores que permitan diferenciar un perfil de un “hombre maltratador” de uno que no maltrata (1 y 2). Al decir “el agresor”, centramos el problema como esencial al sujeto, donde además de etiquetar al hombre, estratégicamente no predisponemos al sistema terapéutico en favor del cambio.

El cambio y la elaboración desde llamar a una persona “drogadicta” a “persona con consumo problemático de sustancias“ nos insinúa posibilidades para intervenir desde lugares que no sean el enjuiciamiento, la rabia, la identificación, ni tampoco la colusión. Lo que requiere de una revisión de sí mism@ frecuente, para mantener un vínculo y empatía con el hombre, a la vez que una postura ética de señalamiento enfático que subraye los comportamientos violentos y manifieste el rechazo hacia ellos, modulando la respuesta emocional con la finalidad de poder abrir una exploración y análisis de los comportamientos y episodios violentos (3 y 4).

Otro aspecto es que no entiendo esta intervención como rehabilitadora, porque la mayoría de los hombres que ejercen esta violencia nunca han estado habilitados para una relación de pareja paritaria, basada en el respeto, el compañerismo, la valoración de la mujer en sus puntos de vista, gustos y sentimientos (Luis Bonino). Tampoco es una intervención de reinserción, porque la mayoría de estos sujetos funciona adecuadamente en lo social y lo público, siendo muchas veces buenos amigos, vecinos y trabajadores. Por tanto, una de sus características es la doble fachada (5). Esta intervención la considero psicosocioeducativa, en el sentido que este tipo de violencia se aprende informalmente en vínculos y procesos de socialización primaria y secundaria. Este enfoque psicosocioeducativo permite pensar, idear programas de promoción y prevención escolares que favorezcan un cambio cultural en las relaciones de género.
El enfoque del Modelo Ecológico de Sistemas o Contextos adaptado para la Violencia Intrafamiliar (Jorge Corsi), implica una perspectiva sistémica, multidimensional y multicausal de la violencia, desde la que se consideran factores predisponentes, precipitantes y mantenedores de la violencia (Mabel Burin). Esta es una mirada inclusiva, no lineal, ni simple, es decir, que combina una multiplicidad de contextos, modelos, factores y variables, lo que implica dialécticas que superan falsas dicotomías y que no son reduccionistas. El considerar esta diversidad implica intervenir en variadas dimensiones del sujeto, que son a su vez dimensiones implicadas en las escenas de violencia.

Estas dimensiones o componentes a explorar, reconocer, tomar conciencia y modificar, identificadas en los Criterios de Calidad de Grupo 25 , las entendemos como:

La dimensión conductual: palabras, afirmaciones, levantar la voz o gritar, gestos, expresiones del rostro y la mirada, utilización del cuerpo y de la proxémica, comportamientos y acciones.

La dimensión afectiva y fisiológica: donde una vía de activación del estrés es la mediada por la rabia y la hostilidad relacionada con la activación del sistema vegetativo simpático y la secreción de catecolaminas. Aquí están las emociones y sentimientos más comunes descritos por los hombres en estas escenas, como la rabia, ira, enojo, impotencia, el sentirse “pasado a llevar“, “ignorado”, “no tomado en cuenta”. Es importante considerar en esta dimensión el analfabetismo emocional en el que hemos sido socializados los hombres, que conlleva que nuestras diversas emociones están limitadas, restringidas y enmascaradas en el casi exclusivo reconocimiento y expresión de la rabia (Daniel Goleman).

Según Castañeda (6) detrás de toda violencia estaría presente la vergüenza. La activación de la vergüenza esta mediada por componentes cognitivos que interpretan y distorsionan el comportamiento de la mujer como un ataque. Sentirse menos hombre, atacado o amenazado en la propia identidad masculina. Es entonces desde estas distorsiones y limitaciones cognitivas, desde donde esta vergüenza es negada y se intenta reemplazar por el orgullo, donde la percepción (distorsionada) de amenaza es reemplazada por el ataque directo hacia la mujer (ataque vivido subjetivamente no como un ataque, sino como defensa), y donde el miedo es reemplazado por la rabia y la ira.

Otra vía de activación del estrés esta mediada por los sentimientos de abandono, depresión y pesimismo y se relaciona con la activación del eje hipotálamo-hipófisis-suprarrenal y la secreción de cortisol. Acá nuevamente tiende a predominar en los hombres el enmascaramiento de otras emociones y la restricción a sólo el reconocimiento y la expresión de la rabia. La furia e intensidad de los celos, aparte de estar teñida por componentes cognitivos de propiedad y dueñez sobre la mujer, enmascara la vivencia de la separación que es equiparada subjetivamente al abandono y mientras más primario sea el abandono en términos de la propia historia, más equiparado en la subjetividad se encuentra a la vivencia de muerte.

Ambas vías de activación generalmente pueden llegar a actuar de manera simultánea en la dimensión fisiológica-afectiva de un hombre en pleno desarrollo de un comportamiento violento en una escena o episodio violento (7).

La dimensión cognitiva: que a mi parecer se relaciona con los pensamientos conscientes e inmediatos del hombre momentos antes de la escena violenta, durante el momento violento y momentos inmediatos al término del episodio. Son las ideas, los pensamientos cotidianos e imágenes, que son poco elaboradas y se articulan de manera básica con el estado de alarma y activación, y que es necesario observar y cortar o interrumpir en su secuencia para conseguir una vuelta a la calma emocional y fisiológica. Paso necesario para poder atender, focalizar y pensar de manera activa en el contexto, las personas y las consecuencias.

La triada básica de la personalidad de comportamientos, afectos y cogniciones, los ubico en el microsistema individual del modelo ecológico. Luego un cuarto componente es el llamado educativo por G-25. Este se refiere a lo ideológico y valórico. Relacionado con esta dimensión, me parece fundamental encuadrar el proceso educativo en la perspectiva de Derechos Humanos. Esta permite conceptualizar y señalar las distintas formas de violencia de un hombre contra una mujer como vulneraciones de derechos y libertades fundamentales específicas. Este tipo de intervenciones se enmarcan éticamente en la convenciones internacionales de derechos de las mujeres (CEDAW, Belém do Para), y en nuestra Ley 20.066 de Violencia Intrafamiliar que está sujeta a estas convenciones que Chile ha firmado. Sin embargo, el concepto “Intra” refuerza la asociación con lo privado, con lo que supuestamente no habría que involucrarse, omitir o guardar silencio, restando de esta forma a la violencia su dimensión pública y política. A su vez lo “Familiar” niega la evidencia que esta violencia está basada en el género y que afecta en todos los países a una mayoría de mujeres; así que invisibiliza las diferencias de poder, de quién maltrata a quién, por lo cual favorece el que se diluyan o se igualen las responsabilidades en las situaciones de violencia íntima contra las mujeres.

Dentro del componente o dimensión educativa la perspectiva de Género es una herramienta teórica y categoría de análisis; y a la vez una herramienta de denuncia y develamiento relacional-político de las injusticias hacia las mujeres, y cómo se relacionan las inequidades con la construcción de las subjetividades de hombres y mujeres, con la auto violencia, las opresiones superyoicas y estados de malestar interno. En esta dimensión la intervención es socioeducativa, de revisión de la interiorización del macrosistema o contexto cultural valórico. Las manifestaciones de violencia contra la mujer en la pareja, están articuladas y apoyadas desde creencias culturales que las validan, que han sido introyectadas en los hombres como metaideales de Género, formando parte de la subjetividad e identidad de los hombres. Son las Normativas Hegemónicas de Género NHG, propias del Modelo de Masculinidad Tradicional Hegemónica, el que esta ligado estrechamente con el Modelo de Feminidad Tradicional Hegemónica (8).

La intervención sobre esta dimensión fundamenta que este problema de violencia selectiva hacia la pareja o ex pareja, no se reduce a solucionar un mero problema de impulsividad, que se puede abordar sólo con técnicas de autocontrol y relajación, sino que es fundamental abordar el conjunto de creencias articuladas con el patrón de comportamientos destinados a ejercer control y dominio sobre las mujeres (9). Estas creencias o NHG, no son conscientes, ni explicitadas o presentes en el discurso o en la escena violenta presentada o representada por un hombre en proceso de cambio. Es necesario abrir espacios para explorar estos mandatos, expectativas, valoraciones, que son prescriptivas y proscriptivas, o sea, que ordenan lo que debe ser y no debe ser un hombre, una mujer, un marido, una esposa, una pareja, una familia. Son expectativas de servicios, de privilegios que no se consideran como tales, y que la mayoría de las veces son deseados, apreciados y naturalizados; que fueron “implantadas desde las figuras de apego y la cultura, y construidas por metabolización subjetiva individual de lo implantado” (10).

Para que una revisión y un análisis crítico de las NHG implicadas en las dinámicas abusivas, de inequidad y de violencia, permita modificar la fuerza y la rigidez defensiva de estas introyecciones, considero que se requiere abordar un quinto componente o la dimensión de la propia historia, de lo biográfico. El género y la violencia están presentes, encarnados y reproduciéndose en el sistema o contexto de los vínculos significativos y familiares, implican subjetividad e intersubjetividad heredada y aprendida. Las experiencias de vida en torno al Género y las experiencias de malos tratos juegan un papel fundante en la construcción de una identidad marcada por el Modelo de Masculinidad Tradicional Hegemónico.

Considerar el mesosistema o contexto institucional, es fundamental para la solución al problema. En el modelo de los Circuitos y Sistemas Abusivos de Cristina Ravazzolla (Historias Infames: los malos tratos en las relaciones. Paidós. Argentina. 1998), se entiende esta violencia como parte de un sistema abusivo compuesto no sólo por quien ejerce y quien padece la violencia, sino que también por un tercero (comunidad, familiares, instituciones), siendo los terceros quienes pueden favorecer el mantenimiento o la detención de la violencia. Considerando que no existe una condición de neutralidad en la postura de testigo, espectador u observador, sino que siempre se está en una posición ética (Paulo Freire).

El Enfoque de Responsabilidad ante las personas víctimas de violencia del Modelo de Duluth (11) significa que la seguridad y la protección de las personas víctimas de esta violencia es lo prioritario y debe estar presente al centro en todas las intervenciones y coordinaciones. El gestionar la seguridad y la protección, tanto como el detener los comportamientos violentos, son los objetivos macro que están por encima de otros objetivos de las diferentes intervenciones, sean estas policiales, jurídicas, sociales, psicológicas o educativas. Esto significa, que cuando dos o más teorías, o dos o más intervenciones (de la misma o de diferentes instituciones) chocan en sus procedimientos, nada puede estar por sobre o ir en contra de los dos objetivos macro. Esta es la razón por la que esta intervención no debiera estar aislada del contexto de las otras instituciones e intervenciones que dan respuesta a la violencia.

Todo esto se traduce en que para que una intervención con estos hombres sea responsable, debiera estar inserta en una Respuesta Comunitaria Coordinada (11) e integrada intersectorialmente e interinstitucionalmente. En el trabajo desarrollado durante estos años en Chile, tanto en los equipos de intervención en que he participado, así como en las capacitaciones que he realizado, siempre he promovido la conformación de esta respuesta, y el que se implemente a través de protocolos de coordinación con principios, procedimientos, responsabilidades y límites para cada institución que participa. Lamentablemente muchas veces triunfa el individualismo, el aislamiento y la competencia, lo que se colude a favor de la impunidad para los hombres y de la desprotección para las mujeres, las niñas y niños víctimas de esta forma de violencia. Una Respuesta Comunitaria Coordinada debiera ser una respuesta institucional y social que cumpla la función de no aceptar y denunciar cualquier práctica o clima de tolerancia a esta violencia. Es necesario que en esta respuesta participen organizaciones sociales, colectivos y redes que representen los intereses de las mujeres víctimas y de diversas minorías.

De lo anterior se desprende la comprensión del Género como categoría de denuncia, y no como tecnocracia de género, como teoría para describir sin actuar (12), lo que finalmente no hace más que narrar las diferencias ocultando el conflicto de intereses, los privilegios y las desventajas en los vínculos de los géneros sexuados.

Para que la evaluación de la violencia sea integral, se realizan alrededor de 3 a 4 sesiones con el hombre, siendo necesario además entrevistar a la mujer y obtener su reporte respecto a la violencia padecida. Esto lo realiza otro programa o centro especializado en atención de mujeres víctimas de violencia. Toma prioridad conocer dentro de este relato las distintas manifestaciones de violencia existentes en la relación, y dentro de cada una de estas manifestaciones, ejemplos concretos y detallados de cómo han sido estos episodios de violencia. Desde el Modelo de Duluth, Minnesota, Estados Unidos, he tomado las 10 categorías o tipos de violencia contra la mujer en las relaciones de pareja, comprendiendo estas violencias como comportamientos marcados por intenciones destinadas a obtener, mantener o restituir una jerarquía basada en creencias de un imaginario patriarcal. Estos 10 tipos de violencia se estructuraron y categorizaron desde la voz y la vivencia de mujeres sobrevivientes de abusos y violencias, y están sintetizados en la Rueda del Poder y Control (9 y 11).

El proceso de recabar esta información con la mujer es una intervención especializada que sigue los principios de una primera acogida en violencia, donde a la vez que se evalúa simultáneamente se interviene en los efectos de un delicado proceso traumático sistemático acumulativo y relacional (13), para de esta forma no revictimizar a la mujer. La conocida negación, distorsión y minimización de los hombres de su violencia hace necesario contar con esta información a modo de criterio de realidad y línea base de la violencia ejercida. Esto va a servir tanto para la evaluación integral, como para facilitar los procesos de responsabilización y cambio, y a su vez para evaluar los resultados de esta intervención.

El programa para hombres debe estar coordinado y en comunicación fluida con un centro que atienda a la mujer. Para así, solicitar este reporte, sin el cual la intervención con el hombre sería no especializada y no focalizada. Esta intervención con la mujer al ser especializada puede entregar en un primer momento al programa para varones elementos claves para la evaluación de riesgo vital de femicidio y/o de lesiones graves, comportamientos y escenas de violencia física, intimidación, amenazas.

Muchas veces, en casos concretos no contamos con la contraparte de un centro especializado de atención a mujeres, ni con la suficiente disposición, ni los suficientes elementos técnicos para trabajar en conjunto e intercambiar información. Falta en Chile una política pública integral en violencia de pareja, que coordine, diseñe lineamientos y protocolos de coordinación.

Otro de los problemas frecuentes encontrados para realizar una evaluación e intervención de calidad, es que la mayoría de las veces los hombres son derivados desde el sector judicial con datos insuficientes. Muchas veces solamente el nombre, rut, causa judicial y dirección. Siendo bien frecuente, el que no lleguen los datos de la evaluación realizada por la policía (el parte policial tipo), ni los antecedentes recopilados en el proceso judicial. Esto retrasa y/o impide totalmente una intervención especializada o de calidad, al demorarse en solicitar y recopilar antecedentes, se actúa en contra de recomendaciones que indican como más efectiva una intervención rápida e intensa en los primeros meses.

Muchas veces las derivaciones desde el sector judicial no entregan ningún dato de la mujer y tampoco se ha derivado a esta a un centro especializado. Pareciera que el mundo jurídico se centra en el último hecho violento y no en la historia abusiva; esto ‘recorta’ el problema, no escucha con pericia la ’voz’ de las mujeres sobre la violencia e impide evaluar si el maltrato es habitual o no.

Superar una metodología que recoge de la violencia un hecho único o hechos aislados, requiere formatos de mayor tiempo y un entrenamiento especializado para entrevistar y acoger. El problema no es sólo psicólogico, ya que sin una adecuada evaluación de la violencia, de su naturaleza en cuanto a habitualidad y de los riesgos que implica, no se podrán decretar medidas de protección o cautelares de calidad para la mujer. Es fundamental considerar los elementos de desprotección y de impunidad que pueden estar presentes cuando un hombre es derivado a un “tratamiento”, sobre todo en el contexto que muchas mujeres por el sólo hecho de saber que ellos se “tratan”, eliminan de su repertorio comportamientos de autoprotección y pueden volverse tolerantes a los malos tratos manteniendo la ilusión de que él se decida a cambiar, cuando en realidad sólo está zafándose de su responsabilidad.

En estas sesiones de evaluación se realiza el encuadre del proceso, a través de un contrato firmado donde se formalizan los derechos y lo que se espera del hombre en esta atención, sobre la confidencialidad y las excepciones a esta, sobre medidas ante nuevos actos de violencia y sobre las medidas precautorias.

La evaluación de la violencia con el hombre es vital para que en la intervención grupal no se difumine la responsabilidad individual de éste, es necesario evaluar el grado de consciencia que tiene del problema, que reconoce y que niega, qué minimiza, y cómo externaliza su responsabilidad. Esta evaluación requiere a su vez intervenir señalando y subrayando la violencia que implica más riesgo, como por ejemplo la violencia física grave, e ir evaluando su capacidad de asumir y problematizar, para determinar si es posible que el hombre ingrese o no a un proceso de cambio.

La evaluación incluye un proceso de diagnóstico psicosocial, con un psicodiagnóstico, evaluación de sintomatología y trastornos asociados, así como una evaluación familiar y social del sujeto. Se establece el análisis de elementos estructurales de personalidad del hombre, evaluación de posibles atenciones intersectoriales (psiquiátricas, y/o jurídico-legales y policiales), así como un estudio de sus redes sociales.

El objetivo de la evaluación es determinar la pertinencia o no de la intervención, de su ingreso o no a grupo, o a atención individual, o mixta. Se diseña una intervención personalizada, “a medida” (Erickson). Puede que el varón no ingrese a intervención porque se carece de información sobre la violencia y los riesgos, cuando exista negación rígida de los actos de violencia por parte del sujeto, cuando se presenten psicopatologías y trastornos sin tratamiento o incompatibles con el desarrollo de una intervención.

La intervención la realizamos en fases no tan lineales, dividiendo una etapa o grupo de primer nivel destinado a la exploración y eliminación de la violencia física, sexual, la intimidación y las amenazas o coerciones. La primera fase es la alianza terapéutica, que se orienta a favorecer el buen desarrollo del vínculo. Se considera tanto en la modalidad individual como en la grupal, y en esta última se relaciona con las dinámicas de los caldeamientos inespecíficos o dinámicas y juegos grupales y corporales para generar un clima de trabajo.
Es la fase de las estrategias motivacionales para que surga la receptividad, cooperación, colaboración y empoderamiento en los cambios. Una actitud y un clima propicio desde el ángulo motivacional requiere considerar, abordar e intentar revertir los sentimientos de “castigo/culpa” y la rabia consecuente. Pasar desde estar “sentado en la silla del juicio”, a significar un espacio para expresar su propia voz. Desde la rabia de la obligación hacia un clima de apertura y no juicio en que se pueda mirar, explorar, pensar y decosntruir. Todo esto requiere abordar diversas resistencias, predisponer positivamente, significar el espacio con un sentido personal, co-crear algunas metas, hacer concesiones con algunas justificaciones y salvaguardar aspectos positivos del hombre. Esta es una de las fases sobre la que es necesario investigar y sistematizar.

La segunda fase de responsabilización de sus comportamientos violentos. Esta es la problematización que busca sortear las diversas tácticas y mecanismos de desresponsabilización: la negación, minimización y externalización de la responsabilidad, entre varias más. Se busca que el hombre primero reconozca la existencia de los comportamientos violentos y pueda asumir la total responsabilidad sin justificarlos. Usualmente esto se aborda a través del diálogo y del uso flexible y no lineal del Diario del Control (11), con el cual se ubica una escena violenta y se describen los comportamientos de abuso. La idea es determinar un hecho real y comportamientos ocurridos, y que en el diálogo se favorezca la narración en primera persona y singular, evitando la tercera persona plural, las generalizaciones, y el uso de condicionales que hablan de probabilidades e hipotéticos, y no de lo que realmente ocurrió. Buscando de esta forma que los varones puedan asumir los hechos de violencia sin justificaciones, sin “peros”, sin racionalizaciones, sin secretas complacencias; en definitiva, sin mecanismos de mantenimiento y refuerzo de la violencia. Esto conlleva el estar atento al comportamiento no verbal, la meta comunicación y la coherencia de la actitud con el discurso cuando se asume la responsabilidad.

Cabe destacar que a través del Diario del Control se explora no sólo la responsabilización de los comportamientos, sino que de las intenciones, emociones, y los metaideales de género o normativas hegemónicas de género que están directamente sustentando los comportamientos de violencia previamente reconocidos. El foco es la violencia que él ha ejercido y no los comportamientos de ella, ni tampoco otros aspectos de la relación de pareja.

La siguiente fase también de primer nivel, ya sea individual y/o grupal, es la autocontención. En una primera parte se busca la reconexión corporal a través de ejercicios de sensibibilización, focalización y consciencia corporal, para luego focalizar alrededor de las emociones de rabia y de ira. Acá se interviene sobre los componentes o dimensiones afectivo-fisiológicas. La corporalidad es también controlada y silenciada para los hombres desde el MMTH, por lo que relevar su participación en la escena violenta cumple varios objetivos. Ocupo la construcción del Mapa Fantasmático Corporal (Elina Matoso y Mario Buchbinder) focalizado en la rabia y la ira, desde el cual se abren múltiples posibilidades terapéuticas útiles para fases posteriores. Lo más básico y lo primero es poder aprender a identificar y dar expresión a preseñales físicas, emocionales y cognitivas de pre violencia, también llamadas signos de riesgo fatal (CORIAC). Este trabajo con el cuerpo y la imagen corporal favorece el desarrollo de la fortaleza yoica y capacidad de límites y autocontención. En una segunda parte de la fase de autocontención se entrena en el ejercicio del Tiempo Afuera, se educa en sus buenos y malos usos. Y en una tercera parte se entrena en técnicas de relajación, y en técnicas para el cambio en la secuencia de imágenes y pensamientos con el objetivo de experimentar y restablecer la calma psicofisiológica. Otras técnicas usadas son la autoobservación de estados agresivos (Corsi) y el uso de escenas para representar desenlaces con comportamientos positivos ante los mismos episodios violentos.

Para pasar al segundo nivel, se evalúa de manera individual y a través de la coordinación con el centro de la mujer, lo que permite obtener el reporte de esta, para detectar si se ha detenido la violencia física, sexual, intimidación, amenazas y coerciones (entre 4 a 6 meses sin ejercerla y haber completado un mínimo de 20 sesiones). Para luego pasar a la fase de la exploración y deconstrucción de escenas de violencia psicológica y con micro machismos (Bonino). Se ocupa la guía del Diario del Control, para examinar las dimensiones conductuales, educativas, afectivas y fisiológicas. Pero a través de técnicas psicodramáticas se da mayor énfasis a explorar y representar las dimensiones afectivas y de metaideales. Al hacer representaciones entramos en las subjetividades de los hombres.

Todo esto implica, no sólo el uso de técnicas psicodramáticas, sino que la mirada del Psicodrama como paradigma y como cuerpo conceptual. En este caso, la hipótesis y comprensión psicodramática del comportamiento violento como matriz rólica, como actitud existencial defensiva. Entrando en la dimensión subjetiva y vincular de la violencia. Desde el método psicodramático se recrea la escena, representándola, teniendo siempre lugar en forma previa un proceso de caldeamiento, facilitación y preparación. El espacio representacional es un lugar para dar espacio a lo real y a la fantasía, un espacio protegido donde el sujeto no va a dañar a nadie, donde puede tomar distancia, mirar y mirarse, detenerse, profundizar, expresar y metabolizar aspectos no explorados.

A través de la representación y la escena, es desde donde se exploran las subjetividades masculinas, se crean otros espacios de representación y expresión, se crean otros tiempos, otra velocidad para escuchar y escucharse, escuchar integralmente, contactarse con los subtextos, las dimensiones constreñidas, lo afectivo, lo corporal, lo ético, lo implicado, latente y enmascarado en estas dimensiones.

Las dimensiones del rol ejecutado por el hombre cuando participa en la escena violenta son múltiples, simultáneas, encadenadas, articuladas y a la vez disociadas. Desde el Psicodrama se le considera un rol rígido, estereotipado, con un bajo nivel de libertad personal, de creatividad, de espontaneidad y salud. Un rol prescrito y enmarcado desde el Modelo de la Masculinidad Tradicional Hegemónica. A estos roles tradicionales J. L. Moreno consideraba sin vida y los llamaba conservas culturales, las que carecen de espontaneidad, de adecuación social y capacidad vincular que les permita percibir, en este caso, a la mujer -pareja o ex pareja- en sus sentimientos y en sus necesidades.

Los roles de los hombres implicados en las escenas violentas, además de considerarse desde el Psicodrama como respuestas inadecuadas, formarían parte una estructura integral, que se formó por introyección e identificación con figuras de apego, identificación con el agresor (Ferenczi). Es decir, involucran su identidad, su sistema defensivo y de percepciones, y no sólo una postura racional. A este conjunto se le llama en psicodrama matriz, que es un conjunto de respuestas defensivas ante situaciones y procesos traumáticos, que en su origen formaron parte de una respuesta adaptativa, pero al rigidizarse limitaron seriamente su libertad y le impidieron el verdadero encuentro con el/la otr@.

El lugar o los lugares donde se gesta esta matriz es llamado locus, y este puede ser una situación, pero en general son un conjunto de situaciones, y de diversas escenas biográficas; lo que se corresponde con que las experiencias de violencia y malos tratos, que en su mayoría hacen referencia a un proceso traumático, y no a un evento traumático conformado por un solo episodio (Barudy). En esta fase reconstruimos las escenas de violencia desde el hombre, para explorar sus subjetividad y sus locus asociados. Es una travesía psicoterapéutica desde la recreación de la escena de la violencia con la pareja, su deconstrucción, hacia la exploración de sus dimensiones y del locus asociado. Es una regresión que implica un trabajo histobiográfico con el sujeto.

Para esto, desde el enfoque psicodramático se busca favorecer el desbloquear los sentimientos asociados al locus, siendo no sólo una abreacción emocional, sino que una “catarsis de integración” que incluye “tomar conciencia de algo por primera vez”. Es el “insigth dramático”, un proceso elaborativo de pensamiento, donde se “toma conciencia del locus, de la matriz y de la relación dinámica que existe entre ambos” (Gloria Reyes, Psicodrama. Paradigma, teoría y método. Editorial Cuatro vientos. Santiago. 2005). La catarsis en sí no es el objetivo, sino que está al servicio de la resignificación de la situación pasada, de sí mismo, de sus consecuencias en la forma de ser y vincularse.

El circuito subjetivo descrito por Bonino, va desde la no asumida omnipotencia propia del MMTH y se sigue con la impotencia, la humillación, la frustración cuando la realidad propia y vincular no calza con el comportamiento observado en la mujer. Desde la impotencia el hombre elige la prepotencia como mecanismo para restablecer la omnipotencia herida. Restablecer el orden de cosas según sus esquemas para sentirse bien. El control, la imposición, el uso de la fuerza física, la intimidación, la fuerza moral o de carácter se usan para sostener un poder deseado, idealizado y perdido.

La exploración, revelación y expresión de estas subjetividades en esta fase pretende intervenir considerando que es necesaria una transformación de “la posición existencial masculina”. Entendiendo que el cambio implica la integralidad de la personalidad, de la actitud existencial; siendo un cambio procesal, donde se vivencia la renuncia o “duelo de aquellos viejos ideales y las viejas ventajas, con el dolor consiguiente…, que implica tolerancia al vacío identificatorio, reelaboración y reestructuración identitaria…, y desidentificación del ideal masculino tradicional” (Los varones ante el problema de la igualdad con las mujeres. Luis Bonino Méndez, 2002, Barcelona: Paidós en prensa).

Se espera que este segundo nivel sea mayoritariamente en grupo y dure alrededor de 24 sesiones. También se acompaña de psicoeducación en torno a temáticas de las masculinidades relacionándolas con formas de violencia, tales como paternidad v/s utilización de hijos e hijas, privilegio masculino v/s corresponsabilidad en las tareas domésticas, alfabetización emocional y expresión no manipuladora de afectos y pensamientos, reparación emocional y material de los daños producidos por la violencia, autonomía emocional, aceptación de la rabia y la ira de la mujer, reconocimiento de sus libertades y necesidad de espacios propios.

Es vital para evaluar el alta considerar la contraparte, lo que diga la pareja, ex pareja y/o nueva pareja, y no sólo quedarse con la observación del hombre, ni sólo con lo que éste nos reporta. Considero que un proceso psicosocioeducativo dirigido a varones que han ejercido violencia llevado conducido con estas precauciones puede tener un alto nivel de eficacia en realidades latinoamericanas como la chilena.

De alguna manera y visualizando parte de lo que aquí he presentado, presento los resultados del proyecto PRONOVIF, que consistió en un centro de atención piloto de 2 años sólo para esta problemática. Estos resultados no poseen un seguimiento para evaluar los cambios en el largo plazo. Sin embargo, a mi entender constituyen un antecedente importante para demostrar cierta efectividad del proceso aquí presentado.


Respecto a la Violencia Física (incluye la sexual):
  • 76% de los sujetos la elimina (no la ejerce por un período superior a 6 meses).
  • 9% de los sujetos la detiene (no la ejerce por un período superior a 3 meses).
  • 9% de los sujetos la disminuye en intensidad y frecuencia.
  • 3% de los sujetos mantiene igual el ejercicio de la violencia física.
  • 3% de los sujetos aumenta la intensidad de la violencia física.

Respecto de la Violencia Psicológica (incluye las 8 formas de la Rueda del Poder y Control):
  • 45% de los sujetos la elimina (no la ejerce por un período superior a 6 meses).
  • 9% de los sujetos la detiene (no la ejerce por un período superior a 3 meses).
  • 27% de los sujetos la disminuye en intensidad y frecuencia.
  • 12% de los sujetos mantiene igual el ejercicio de la violencia psicológica.
  • 3% de los sujetos aumenta la intensidad de la violencia psicológica. 

Estos resultados corresponden a 33 (de un total de 64 sujetos ingresados), que realizaron de manera completa un proceso de intervención psicosocioeducativa especializada. Los 33 sujetos representan al  51,5% del total de ingresados. Un 48,4% de los sujetos recibió Alta Disciplinaria de la Intervención por no cumplir con las reglas de la atención, o hizo Abandono de la Intervención, o fue derivado a otras redes.


Bibliografía

(1) Victoria Ferrer, Esperanza Bosch, Esther García, M. Antonia Manassero y Margalida Gili. Estudio Meta-Analítico de Características Diferenciales Entre Maltratadores y no Maltratadores: El Caso de la Psicopatología y el Consumo de Alcohol o Drogas. Universitat de les Illes Balears. Año 2004.

(2) E.W. Gondolf. Evaluating batterer counseling programs: A difficult task showing  some effects and implications. Aggression and Violent Behavior. 2004.



(3)  Raúl Lizana Zamudio. La visión del hombre que ejerce violencia conyugal y el próximo paso en los equipos de violencia. Revista Terapia Psicológica, año XIV, Volumen VI (2), N° 26, 1996.

(4)  Ideas extraídas y procesadas desde el taller clínico “Tratamiento de parejas en relaciones abusivas” realizado el 21 de Junio en el Instituto Chileno de Terapia Familiar, por Virginia Goldner Ph. D. del Ackerman Institute For The Family.

(5)   Mónica Liliana Dohmen. Perfil del hombre golpeador, en el libro Violencia Masculina en la Pareja. 1995. Paidós.

(6)   Marina Castañeda. “El Machismo Invisible”. Editorial Grijalbo. México D.F.

(7)    Luis Tapia Villanueva. “Algunas consideraciones para terapia de pareja basada en la evidencia”. De Familias y Terapias. 2001.

(8)   Luis Bonino. “Capítulo 3. Violencia y Género: la construcción de la masculinidad como factor de riesgo. En el libro: Violencias Sociales”. Editorial Ariel. 2007.

(9)  Atilio Macchiavello y Lorena.Valdebenito. “Curso 3 y 4: Aspectos conceptuales, jurídicos y operativos de la VIF, Sector Salud y Justicia. Programa de Capacitación a distancia para funcionarios/as del Sector Público en materia de Género y Políticas Públicas”. SERNAM. UTEM. 2009. 

(10)   Luis Bonino Mendez. “Deconstruyendo la ‘normalidad’ masculina. Apuntes para una ‘psicopatología’ de género masculino”. Actualidad Psicológica, añoXXIII, n°253, Mayo 1998.

(11) Luis Aravena Azócar, Liliana Espondaburu, Ellen Pence y Julie Tilley. “Creando un proceso de cambio para hombres que maltratan. Un currículum educativo. Manual del facilitador/a”. 1993. Adaptado para población latina de la versión original del inglés: Ellen Pence y Michael Paymar. “Creating a process of change for men who batter”. 1984. 

(12) Julieta Paredes. “Hilando Fino. Feminismo Comunitario”. Asociación y Centro de Defensa de la Cultura CEDEC. La Paz, Bolivia. Octubre 2008. 

(13) Carla Crempien R. “El trauma relacional de la violencia en la pareja. Impacto y consecuencias”.Tomado de http://www.uisek.cl/prevencionviolencia2008/doc/El_trauma_relacional_de_la_violencia_en_la_pareja.htm.